David Copperfield
David Copperfield –Desde luego, señorito Copperfield… deberÃa decir señor, pero me resulta tan poco natural llamarle de ese modo –dijo Uriah–. Será un placer para mà dejarle su antigua habitación, si asà lo desea.
–No, no –exclamó el señor Wickfield–. ¿Por qué habrÃa de molestarse? Hay otra habitación. Hay otra habitación.
–¡Oh! ¡Pero yo se la dejarÃa encantado! –contestó Uriah, haciendo una mueca.
Para acabar de una vez con la discusión, les dije que sólo aceptarÃa dormir en el otro cuarto; y eso fue lo que acordamos. Después me despedà de los dos socios hasta la hora del almuerzo y volvà a subir las escaleras.
HabÃa esperado no tener más compañÃa que la de Agnes. Pero la señora Heep habÃa pedido permiso para sentarse con sus labores junto al fuego, con el pretexto de que aquella estancia era mejor para su reumatismo que el salón o el comedor, debido al viento que soplaba. Aunque creo que yo la habrÃa dejado a merced de ese viento en la aguja más elevada de la catedral, sin el menor remordimiento, hice de la necesidad virtud y la saludé amistosamente.