David Copperfield

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–Le doy humildemente las gracias, señor –dijo la señora Heep, en respuesta a mis preguntas sobre su salud–, pero estoy así así… No tengo demasiado de que presumir. Si pudiera ver a mi Uriah bien establecido, no me quedaría mucho por pedir. ¿Cómo ha encontrado a mi Ury, señor?

Pensé que lo había encontrado tan horrible como siempre, y contesté que no había advertido el menor cambio en él.

–¡Oh! ¿Lo ha encontrado igual? Le ruego humildemente que me permita estar en desacuerdo con usted. ¿No cree que está más delgado?

–No más que de costumbre –repliqué.

–¿De veras? –dijo la señora Heep–. ¡Pero usted no lo ve con los ojos de una madre!

Aquellos ojos de madre, por muy tiernos que fueran con él (y estoy convencido de que ella y su hijo se adoraban mutuamente), me parecieron muy malvados con el resto del mundo cuando nuestras miradas se cruzaron. Después de observarme a mí, se clavaron en Agnes.

–Y usted, señorita Wickfield, ¿no cree que ha perdido peso y está fatigado? –inquirió.

–No –respondió Agnes, continuando apaciblemente la tarea que tenía entre manos–. Se preocupa demasiado por él. Está muy bien.

La señora Heep, sorbiendo ruidosamente con la nariz, reanudó sus labores.


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