David Copperfield

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Y no volvió a abandonar sus agujas ni su vigilancia. Yo había llegado bastante temprano y todavía faltaban tres o cuatro horas para el almuerzo; pero siguió allí, moviendo las agujas con la misma monotonía con que habrían caído los granos en un reloj de arena. Ella estaba sentada a un lado de la chimenea; yo, delante del escritorio, frente al fuego; y Agnes, un poco más lejos, en el otro extremo. Cada vez que, en medio de mis meditaciones epistolares, levantaba los ojos y miraba el rostro pensativo de Agnes, veía cómo éste se alegraba y me infundía ánimos con su expresión angelical, al mismo tiempo que la perversa mirada se posaba en mí, pasaba después a Agnes, volvía de nuevo a mí y regresaba furtivamente a sus labores. No sé lo que estaría tejiendo, no soy ningún experto en ese arte; pero daba la impresión de ser una red. Y, mientras ella movía sus agujas como si fueran palillos chinos a la luz de las llamas, parecía una horrible hechicera preparándose para lanzar su red contra la radiante criatura que tenía enfrente y que, hasta entonces, la había mantenido a distancia.






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