David Copperfield
David Copperfield Durante el almuerzo, siguió vigilándonos con aquellos ojos que nunca parpadeaban. Después, su hijo tomó el relevo. Cuando el señor Wickfield, él y yo nos quedamos solos, Uriah me miró de soslayo y empezó a contorsionarse hasta que creà que no podrÃa soportarlo. En el salón, encontré a su madre tejiendo, ocupada en vigilarnos de nuevo. Mientras Agnes cantaba y tocaba el piano, la señora Heep no se movió de su lado. En una ocasión le pidió que entonara una balada que, según ella, volvÃa loco a su Uriah (que en esos momentos bostezaba en un sillón); y, de vez en cuando, se daba la vuelta para mirar a su hijo y le decÃa a Agnes que el joven se hallaba embelesado con la música. Pero rara vez abrÃa la boca (dudo que lo hiciera una sola vez) si no era para mencionar a su hijo. Era evidente que aquélla era su misión.
Y las cosas siguieron asà hasta que llegó la hora de acostarnos. El hecho de haber visto a la madre y al hijo rondar por la casa como dos enormes murciélagos, ensombreciéndolo todo con sus horribles figuras, me desasosegó de tal modo que hubiera preferido quedarme en la planta baja, con agujas de tricotar y todo, antes que irme a dormir. Apenas logré conciliar el sueño. A la mañana siguiente, volvieron a la carga las labores y la vigilancia, y duraron todo el dÃa.