David Copperfield
David Copperfield –¡Oh, no! Tiene que explicármelo –dijo–. La verdad es que yo no sabrÃa.
–¿Acaso supone –inquirÃ, esforzándome por no perder la calma ni la moderación a causa de Agnes– que la señorita Wickfield es otra cosa para mà que una hermana muy querida?
–Comprenderá, señorito Copperfield –repuso–, que nada me obliga a contestar esa pregunta. Es posible que sus palabras sean ciertas. Pero quizá no sea asÃ.
Jamás he visto nada comparable a su expresión astuta y rastrera, a aquellos ojos sin sombra, carentes de pestañas.
–¡Vamos, Uriah! –dije–. Por el bien de la señorita Wickfield…
–¡Mi Agnes! –exclamó él, contorsionándose de un modo brusco y enfermizo–. ¿TendrÃa la bondad de llamarla Agnes, señorito Copperfield?
–Por el bien de Agnes Wickfield… ¡y qué Dios la bendiga!
–¡Gracias por esas palabras, señorito Copperfield! –me interrumpió Uriah.
–Le diré lo que, en otras circunstancias, habrÃa preferido decirle a… Jack Ketch.[86]
–¿A quién, señor? –preguntó Uriah, estirando el cuello y llevándose la mano a la oreja.