David Copperfield
David Copperfield –A un verdugo –respondÖ. La última persona en el mundo en que se me ocurrirÃa pensar –aunque era el rostro de Uriah el que me habÃa sugerido aquel nombre–. Estoy comprometido con otra joven. Espero que eso le deje satisfecho.
–¿Me da su palabra de honor? –dijo.
Estaba a punto de ratificar mis palabras, indignado, cuando me cogió la mano y la apretó.
–¡Oh, señorito Copperfield! –exclamó–. Si hubiera tenido la bondad de contarme su secreto cuando yo le abrà mi corazón, la noche en que tanto le molesté durmiendo junto a la chimenea de su sala, jamás habrÃa dudado de usted. Dada la situación, me apresuraré a alejar a mi madre; no sabe cuánto me alegro. Sé que sabrá disculpar las precauciones del amor, ¿no es cierto? ¡Es una lástima, señorito Copperfield, que no se dignara hacerme esa confidencia! Estoy seguro de haberle dado la oportunidad. Pero nunca me trató con la condescendencia que yo habrÃa deseado. Sé que nunca me ha querido como yo le he querido a usted.
Entretanto, seguÃa apretándome la mano con sus dedos húmedos y viscosos, mientras yo hacÃa verdaderos esfuerzos por retirarla de un modo educado. Pero mis intentos fueron en vano. Pasó mi mano por debajo de la manga de su sobretodo morado y continué mi paseo, casi a la fuerza, cogido de su brazo.