David Copperfield

David Copperfield

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–Comprendí el poder de la humildad cuando era niño –prosiguió Uriah–, y me aficioné a ella. Comí con apetito el pan de la humildad. Abandoné los estudios para que el nivel de mi educación fuera humilde, y me dije: «¡Detente!». Cuando usted se ofreció a enseñarme latín, sabía cuál debía ser mi respuesta. «A la gente le gusta sentirse superior –decía mi padre–. Será mejor que te quedes siempre por debajo». He seguido siendo muy humilde hasta el día de hoy, señorito Copperfield, ¡pero tengo algo de poder!

Y me contó esto (lo supe al ver su rostro a la luz de la luna) para que comprendiera que estaba decidido a resarcirse de todo utilizando su poder. Jamás había dudado de su mezquindad, astucia y malevolencia; pero entonces vi con claridad, por primera vez, lo despiadada, ruin y vengativa que era el alma que había engendrado aquella larga y temprana represión.

El relato de su vida sirvió al menos para que Uriah me soltara el brazo, a fin de volver a frotarse las manos bajo la barbilla. Una vez lejos de él, tomé la decisión de continuar de ese modo; y regresamos el uno al lado del otro, sin hablar apenas en todo el camino.



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