David Copperfield

David Copperfield

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No sé si Uriah estaba tan contento por lo que yo le había dicho o por haberse abandonado al recuerdo del pasado; pero estaba muy animado por algo. Estuvo más hablador que nunca durante la cena; preguntó a su madre (relevada de su guardia desde nuestra llegada) si no creía que se estaba volviendo demasiado viejo para seguir soltero; y, en una ocasión, lanzó tal mirada a Agnes que yo habría dado cualquier cosa por poder derribarlo.

Cuando los tres hombres nos quedamos a solas después de la sobremesa, Uriah se volvió más atrevido. Apenas había bebido vino, si es que lo había probado; supongo que era la insolencia del triunfo lo que le embriagaba, aumentada quizá por la tentación de exhibirla en mi presencia.

Yo había observado la víspera que Uriah incitaba a beber al señor Wickfield. Consciente del significado de la mirada que Agnes me había dirigido al salir del comedor, me había limitado a beber una copa y luego había propuesto que nos reuniéramos con ella. Habría hecho lo mismo aquel día, pero Uriah fue más rápido que yo.

–Apenas vemos a nuestro visitante, señor –exclamó dirigiéndose al señor Wickfield, que ofrecía un fuerte contraste con él, sentado en el otro extremo de la mesa–. Le propongo que bebamos una o dos copas de vino en su honor, si no tiene inconveniente. Señor Copperfield, ¡por su salud y por su felicidad!


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