David Copperfield
David Copperfield –Soy demasiado humilde para beber a su salud –prosiguió Uriah–, pero yo la admiro… yo la adoro.
Ningún dolor fÃsico que hubiera podido soportar la cabeza canosa de aquel padre habrÃa resultado tan terrible para mà como el sufrimiento moral que en aquellos momentos trataba de contener con sus manos.
–Agnes –dijo Uriah, ya sea porque pretendÃa ignorar al señor Wickfield o porque no comprendÃa el alcance de su acción–, Agnes Wickfield, y puedo decirlo sin miedo, es la criatura más divina de su sexo. ¿Me permiten hablar con libertad, ahora que estoy entre amigos? Ser su padre es un verdadero privilegio, pero ser su marido…
¡Que el Cielo me guarde de volver a oÃr jamás un grito como el que profirió el señor Wickfield levantándose de la mesa!
–¿Qué ocurre? –preguntó Uriah, adquiriendo la lividez de un cadáver–. Espero que no se haya vuelto loco, señor Wickfield. Si digo que tengo la ambición de convertir a su Agnes en mi Agnes es porque tengo el mismo derecho que cualquier otro hombre. Es más, ¡tengo más derecho que nadie!