David Copperfield
David Copperfield –¡Mira a mi verdugo! –prosiguió–. Ante él he ido perdiendo, paso a paso, nombre y reputación, paz y sosiego, techo y hogar.
–He conservado para usted nombre y reputación, paz y sosiego, techo y hogar –respondió Uriah, malhumorado, intentando arreglar la situación–. No sea necio, señor Wickfield. Si he ido demasiado lejos, supongo que podré retroceder, ¿no le parece? Nadie ha salido perjudicado hasta ahora.
–Yo siempre buscaba los motivos que impulsaban a actuar a la gente –señaló el señor Wickfield–, y estaba convencido de que Uriah seguÃa unido a mà por interés. Pero mira qué clase de persona es, Trotwood… ¡Mira qué clase de persona es!
–Será mejor que le obligue a callarse, Copperfield, si es que puede –exclamó Uriah, señalándome con su largo dedo Ãndice–. Acabará diciendo algo… ¡tenga cuidado!… de lo que más tarde se arrepentirá, y que usted lamentará haber oÃdo.
–¡Lo contaré todo! –replicó el señor Wickfield, con aire de desesperación–. ¿Por qué no ponerme en manos del mundo entero si estoy en las suyas?