David Copperfield
David Copperfield –Ni siquiera sé lo que he hecho en mi fatuidad –continuó el señor Wickfield, adelantando sus manos como si quisiera reprobar mi condena–. Él lo sabe mejor que yo –exclamó, refiriéndose a Uriah Heep–, pues siempre ha estado a mi lado para aconsejarme. Es una piedra de molino atada a mi cuello. Lo encontrarás en mi casa, lo encontrarás en mis negocios. Hace un momento has escuchado sus palabras. ¿Necesito decir algo más?
–Tampoco necesitaba decir todo lo que ha dicho, ni la mitad, ni nada de nada –señaló Uriah, con una mezcla de arrogancia y de servilismo–. No se habrÃa enfadado de ese modo si no hubiera bebido tanto vino. Mañana lo pensará mejor. Si he hablado demasiado, o más de lo que yo querÃa, ¿qué importancia tiene? ¿Acaso he insistido?
La puerta se abrió y Agnes entró silenciosamente, pálida como un cadáver, y se abrazó a su padre.
–Papá, no te encuentras bien –le dijo con firmeza–. ¡Ven conmigo!
El señor Wickfield apoyó la cabeza en su hombro, como si la vergüenza le abrumara, y se marchó con ella. Los ojos de Agnes se cruzaron un instante con los mÃos, y comprendà que sabÃa todo lo ocurrido.
–Nunca pensé que pudiera tomárselo tan a pecho, señorito Copperfield –afirmó Uriah–. Pero no pasa nada. Mañana haré las paces con él. Es por su bien. Yo deseo humildemente su bien.