David Copperfield
David Copperfield –¡Oh, Trotwood, Trotwood! –exclamó el señor Wickfield, retorciéndose las manos–. ¡He caÃdo tan bajo desde la primera vez que viniste a esta casa! Ya habÃa iniciado mi descenso, pero ¡qué espantoso camino he recorrido desde entonces! Abandonarme a mi debilidad ha sido la causa de mi perdición: abandonarme a mis recuerdos, abandonarme al olvido. Mi dolor natural por la muerte de la madre de mi hija se convirtió en enfermedad; mi amor natural por mi hija se convirtió en enfermedad. He contaminado todo lo que toco. He causado la desgracia de lo que más quiero. Lo sé yo… ¡y lo sabes tú! Creà que era posible amar a una sola criatura de este mundo, sin amar a los demás; creà que era posible llorar la pérdida de una sola criatura de este mundo, sin unirme al dolor por la muerte de los demás. ¡Y asà fue como pervertà las enseñanzas de mi vida! He querido alimentarme de la morbosa cobardÃa de mi propio corazón, y ésta me ha devorado. Innoble en mi pena, innoble en mi amor, innoble en mi miserable huida para escapar de las tinieblas de ambos, ¡mira en qué ruina me he convertido! ¡Ódiame! ¡Aléjate de mÃ!
Se dejó caer en una silla y sollozó débilmente. Su agitación era cada vez menor. Uriah salió de su rincón.