David Copperfield
David Copperfield No le contesté, y subà a la pequeña y tranquila habitación donde Agnes se habÃa sentado tantas veces a mi lado mientras yo estudiaba. Nadie entró hasta muy avanzada la noche. Cogà un libro e intenté leer. Oà que los relojes daban las doce y seguÃa leyendo, sin saber qué, cuando Agnes me tocó.
–Mañana te irás muy temprano, Trotwood. Será mejor que nos despidamos ahora.
HabÃa llorado, ¡pero su rostro estaba ahora tan sereno y tan hermoso!
–¡Qué Dios te bendiga! –exclamó, dándome la mano.
–¡QueridÃsima Agnes! –repliqué–. Veo que no deseas hablar de lo que ha sucedido esta noche…, pero ¿no se puede hacer nada?
–¡Se puede confiar en Dios! –repuso.
–Pero ¿no puedo hacer algo yo… que siempre acudo a ti con mis pequeños problemas?
–Y que siempre has aliviado los mÃos –dijo ella–. ¡No, mi querido Trotwood!
–Agnes, mi querida Agnes! –exclamé–. Sé que resulta presuntuoso por mi parte dudar de tus palabras o aconsejarte, pues soy muy pobre en lo que tú eres muy rica: bondad, resolución, las más nobles cualidades. Pero ya sabes cuánto te quiero y cuánto te debo. Nunca te sacrificarás a un falso sentimiento del deber, ¿verdad, Agnes?