David Copperfield

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Durante unos instantes, pareció más agitada que nunca; retiró su mano de la mía y dio un paso atrás.

–¡Dime que no piensas hacerlo, mi querida Agnes! ¡Mucho más que una hermana mía! ¡Piensa en el inapreciable valor de un corazón como el tuyo, de un amor como el tuyo!

¡Ah! Mucho, mucho tiempo después, volví a ver su rostro ante mí, con aquella mirada donde no se leía extrañeza, ni reproche, ni pesar. Mucho, mucho tiempo después, volví a ver cómo aquella expresión se transformaba, al igual que ahora, en una encantadora sonrisa con la que me decía que ella no temía nada… y que yo tampoco debía temerlo… y se despedía de mí como una hermana, y luego se marchaba.

Aún era de noche cuando, al día siguiente, subí al imperial de la diligencia en la puerta de la posada. Empezaba a amanecer y nos disponíamos a partir cuando, sin poder quitarme a Agnes de la cabeza, vi aparecer, a la luz del crepúsculo, la cabeza de Uriah, quien trepaba con dificultad por un costado del carruaje.



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