David Copperfield

David Copperfield

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–¡Copperfield! –pareció graznar, colgándose de la barra del techo–. Pensé que, antes de marcharse, le gustaría oír que nos hemos reconciliado. He estado ya en su habitación y todo se ha arreglado. Lo cierto es que, a pesar de mi humildad, le resulto muy útil, ¿sabe? Y, cuando no está bebido, entiende muy bien lo que le conviene. ¡Es un hombre tan agradable, después de todo, señorito Copperfield!

Le dije, haciendo un esfuerzo, que me alegraba de que le hubiera presentado sus excusas.

–¡Naturalmente! –contestó Uriah–. Cuando una persona es humilde, ¿qué puede importarle presentar sus excusas? ¡Es tan sencillo! Supongo, señorito Copperfield –prosiguió, dando un respingo–, que algunas veces habrá arrancado una pera antes de que estuviera madura, ¿no?

–Supongo que sí –repliqué.

–Pues eso fue lo que hice yo ayer por la noche –dijo Uriah–; pero ¡madurará! Sólo necesita algunos cuidados. Puedo esperar.

Deshaciéndose en adioses, se bajó de la diligencia en el momento en que el cochero subía al pescante. Por lo que recuerdo, estaba comiendo algo para protegerse del frío de la mañana; pero movía la boca como si la pera hubiera madurado y él se relamiese de gusto.


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