David Copperfield

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–Me hallo en la mejor de las disposiciones, querido –aseguró, moviendo la cabeza–, pero estoy muy nerviosa y afligida.

Estaba tan ensimismado en mi trabajo que, hasta después de su marcha, no me percaté de que había olvidado su «brebaje nocturno», como lo llamaba siempre, sobre la repisa de la chimenea. Cuando llamé a su puerta para decírselo, ella la abrió y me contestó en un tono aún más afectuoso: «No, Trot, esta noche no tengo ganas de tomarlo», y movió la cabeza antes de entrar nuevamente en su dormitorio.

Al día siguiente, leyó la carta que yo había escrito a las dos ancianas y me dio su visto bueno. La envié por correo, y lo único que me quedó por hacer fue esperar pacientemente la respuesta. Cuando ya llevaba casi una semana en aquel estado de expectación, salí de casa del doctor una noche de nieve para dirigirme a pie a Buckingham Street.

Había hecho un día muy desapacible, y había soplado un viento cortante del nordeste. Éste había amainado al caer la noche, y había empezado a nevar. Recuerdo que la nieve caía sin cesar, en gruesos copos, y formaba ya una espesa capa. El ruido de los carruajes y de las pisadas de la gente se oía tan amortiguado como si las calles estuvieran cubiertas de un denso manto de plumas.


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