David Copperfield

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Entonces me acordé de la mujer. Era Martha, la joven a la que Emily había dado dinero aquella noche en la cocina. Martha Endell… a quien el señor Peggotty, según me había contado Ham, no habría querido ver en compañía de su adorada sobrina ni por todos los tesoros hundidos en el mar.

Nos estrechamos calurosamente las manos. Al principio, ninguno de los dos fuimos capaces de articular palabra.

–¡Señorito Davy! –exclamó, abrazándome muy fuerte–. ¡Qué alegría tan grande verlo, señor! ¡Dichosos los ojos, dichosos los ojos!

–¡Sí, dichosos los ojos, viejo y querido amigo! –respondí.

–Tenía ganas de ir a preguntar por usted esta noche, señor –dijo–, pero, sabiendo que vive con su tía… pues he estado en el sur y pasé por Yarmouth…, temí que fuera demasiado tarde. Pensaba visitarle mañana a primera hora, señor, antes de abandonar Londres.

–¿Otra vez? –inquirí.

–Sí, señor –contestó, moviendo la cabeza con resignación–. Me marcho mañana.

–Y ahora, ¿dónde va?

–¡No sé! –repuso, sacudiéndose la nieve de sus largos cabellos–. Entraré en cualquier sitio…


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