David Copperfield
David Copperfield En aquella época, había una entrada lateral al patio de caballerizas de La Cruz de Oro, la posada que tantos recuerdos me traía en relación con su desgracia; y ésta se hallaba casi enfrente de nosotros. Le señalé el portón, me agarré de su brazo y nos dirigimos a ella. Dos o tres salas públicas daban al patio; me asomé a una y, al encontrarla vacía y con un buen fuego en la chimenea, le conduje allí.
Cuando lo vi a la luz, no sólo advertí que sus cabellos eran largos y estaban enmarañados, sino también que su rostro se hallaba muy curtido por el sol. Había encanecido, las arrugas de su rostro y de su frente eran más profundas, y daba la impresión de haber vagado sin descanso soportando las peores inclemencias; pero parecía muy fuerte, como un hombre sostenido por una decisión inquebrantable y al que nada pudiera abatir. Se sacudió la nieve del sombrero y de la ropa, y se la quitó de la cara, mientras yo pensaba todo aquello. Cuando se sentó en la mesa frente a mí, de espaldas a la puerta por donde habíamos entrado, me tendió de nuevo su áspera mano y estrechó la mía con afecto.
–Voy a contarle, señorito Davy –dijo–, todos los sitios donde he estado y todas las cosas que he oído. He llegado lejos y me he enterado de muy poco; pero ¡se lo voy a contar!