David Copperfield
David Copperfield Toqué la campanilla para pedir algo caliente de beber. El señor Peggotty no quiso nada más fuerte que una cerveza; y, mientras nos la traÃan y la calentaban en el fuego, se quedó pensativo. Su rostro reflejaba una hermosa y solemne gravedad que no me aventuré a turbar.
–Cuando Emily era una niña –afirmó, levantando la cabeza después de que nos dejaran solos– me hablaba a todas horas de la mar; y de las costas donde las aguas son de un azul profundo, y se extienden brillantes, brillantes bajo el sol. Yo entonces pensaba que aquello le obsesionaba porque su padre se habÃa ahogado. No sé si será cierto, pero tal vez ella creÃa… o deseaba… que la corriente lo hubiera empujado hacia esos lugares, donde siempre hay flores y los campos resplandecen a la luz del sol.
–Es posible que se tratara de una fantasÃa infantil –señalé.
–El dÃa en que ella se… perdió –prosiguió el señor Peggotty–, mi instinto me dijo que él la llevarÃa a esos paÃses. Estaba seguro de que él le habÃa contado maravillas, y le habÃa dicho que allà serÃa una dama, y habÃa conseguido que ella lo escuchara con toda aquella palabrerÃa. Cuando fuimos a ver a su madre, comprendà que no me habÃa equivocado. Crucé el canal de la Mancha hasta Francia, y desembarqué allà como si hubiera caÃdo del cielo.