David Copperfield
David Copperfield Vi que la puerta se movĂa y entraba la nieve. Vi que la puerta se movĂa un poco más y una mano se interponĂa suavemente para dejarla entreabierta.
–ConocĂ a un caballero inglĂ©s que era una autoridad –continuĂł el señor Peggotty– y le dije que estaba buscando a mi sobrina. Me consiguiĂł los papeles que necesitaba para viajar (no recuerdo su nombre) e incluso querĂa darme dinero, pero eso era algo que, gracias a Dios, no me hacĂa falta. Le di las gracias de todo corazĂłn por su ayuda, ¡de eso estoy seguro! «He escrito a los lugares adonde se dirige –afirmó– y hablarĂ© con todos los que pasen por aquĂ; muchos le reconocerán cuando se encuentre muy lejos, viajando solo». Le expresĂ© lo mejor que pude cuán grande era mi gratitud, y despuĂ©s me marchĂ© a recorrer Francia.
–¿Solo, y a pie?
–Casi siempre a pie –repuso–; a veces en carro, con gente que iba al mercado; a veces en carruajes vacĂos. Anduve muchas millas cada dĂa, a menudo con algĂşn pobre soldado que iba a ver a sus amigos. No podĂa hablar con Ă©l, ni Ă©l conmigo; pero nos hacĂamos compañĂa por aquellos polvorientos caminos.
La cordialidad de su voz lo explicaba todo.

El viajero errante