David Copperfield
David Copperfield –Cuando llegaba a un pueblo –prosiguió–, buscaba la posada y me quedaba en el patio hasta que apareciera alguien que supiese inglés (lo que siempre ocurrÃa). Entonces yo les contaba que estaba buscando a mi sobrina, y ellos me decÃan quién se alojaba en la casa, y yo esperaba para ver si entraba o salÃa alguien que se pareciera a ella. Cuando veÃa que no era Emily, seguÃa mi camino. Poco a poco, empecé a darme cuenta de que, cuando llegaba a una nueva población, la gente pobre habÃa oÃdo hablar de mÃ. Me ofrecÃan asiento en la entrada de sus casas, sacaban lo que podÃan para comer y para beber, y me indicaban dónde podÃa dormir; y muchas mujeres, señorito Davy, que tenÃan hijas de la edad de Emily, me esperaban junto a la Cruz de Nuestro Salvador, en las afueras del pueblo, para ofrecerme su ayuda. Algunas tenÃan hijas que habÃan muerto. Y ¡sólo Dios sabe lo bondadosas que fueron conmigo esas madres!
Era Martha quien sujetaba la puerta. Vi con claridad su rostro atento y fatigado. Mi único temor era que él volviera la cabeza y también la divisara.
–A menudo sentaban en mis rodillas a sus hijos… especialmente si eran niñas muy pequeñas –continuó diciendo el señor Peggotty–; y habrÃa podido verme muchas veces sentado en la puerta de sus casas, al anochecer, y era casi como si fueran las hijas de mi querida Emily. ¡Ay, mi querida Emily!