David Copperfield

David Copperfield

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Embargado por el dolor, estalló en sollozos. Puse mi mano temblorosa sobre la suya, que él se había llevado al rostro.

–Gracias, señor –exclamó–. No se preocupe.

No tardĂł en retirar la mano de la cara para ponerla en su pecho, y continuĂł su relato:

–A menudo salían conmigo por la mañana y me acompañaban durante una o dos millas; y, cuando nos despedíamos y yo les decía en mi idioma: «¡Muchas gracias y que Dios les bendiga!», siempre parecían entenderme y me respondían con afecto. Al final, llegué a la costa. Como usted comprenderá, no fue muy difícil para un hombre de mar como yo llegar hasta Italia. Una vez allí, seguí viajando como hasta entonces. La gente se mostraba igual de bondadosa conmigo, y yo habría ido de ciudad en ciudad, a través de todo el país, si no me hubieran llegado noticias de que Emily estaba en las montañas de Suiza. Alguien que conocía a su criado me dijo que había visto a los tres allí; y me explicó cómo viajaban y dónde se encontraban. Eché a andar hacia esas montañas, señorito Davy, día y noche. Y cuanto más avanzaba, más parecía que se alejaban ellas. Pero las alcancé, y las crucé. Cuando estuve cerca del lugar dónde me habían dicho que la encontraría, empecé a pensar: «¿Qué haré cuando la vea?».


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