David Copperfield
David Copperfield El atento rostro seguÃa en la puerta, insensible a las inclemencias de la noche, y, con sus manos, la joven parecÃa pedirme… suplicarme… que no la echase fuera.
–Nunca dudé de ella. ¡No! ¡Ni un instante! Sólo con que me viese la cara… sólo con que me oyera la voz… sólo con que, al verme ahà delante, le vinieran recuerdos de la casa de donde habÃa huido, y de la niña que habÃa sido… aunque se hubiera convertido en una princesa, ¡habrÃa caÃdo a mis pies! ¡Lo sabÃa muy bien! Cuántas veces la habÃa oÃdo gritar en mis sueños «¡tÃo!» y la habÃa visto caer como muerta delante de mÃ. Cuántas veces la habÃa levantado y le habÃa dicho al oÃdo: «¡Emily, querida, he venido a traerte mi perdón y a llevarte a casa!».
Se detuvo, movió la cabeza y prosiguió con un suspiro: