David Copperfield
David Copperfield –Él habÃa dejado de existir para mÃ. Emily era lo único que me importaba. Le compré un vestido de campesina para ponérselo; y sabÃa que, cuando la encontrara, caminarÃa a mi lado por los senderos pedregosos, irÃa donde yo fuese, y nunca, nunca más me abandonarÃa. Yo sólo pensaba en ponerle ese vestido y tirar el que llevaba… en darle nuevamente el brazo y echar a andar de vuelta a casa… en detenernos a veces al borde del camino y curarle sus pies doloridos y su corazón, aún más dolorido. Creo que a él ni siquiera le habrÃa mirado. Pero, señorito Davy, todo eso no pudo ser… ¡todavÃa no! Llegué demasiado tarde, y se habÃan ido. No pude saber a dónde. Unos decÃan que aquÃ, otros que allÃ. Viajé por aquÃ, y viajé por allÃ, pero no encontré a ninguna Emily, de modo que regresé a casa.
–¿Y hace mucho de eso? –inquirÃ.
–Hará unos cuatro dÃas –repuso el señor Peggotty–. Vi a lo lejos la vieja gabarra después de oscurecer, y una luz brillaba en la ventana. Cuando estuve cerca y miré por el cristal, distinguà a la fiel señora Gummidge sentada junto al fuego, como habÃamos acordado, completamente sola. Le grité: «¡No se asuste! ¡Soy Daniel!», y entré. ¡Nunca hubiese creÃdo que la vieja barca tuviera un aspecto tan extraño!
Sacó con mucho cuidado de un bolsillo de su chaleco un pequeño fajo de papeles que contenÃa dos o tres cartas o algunos sobres, y lo dejó encima de la mesa.