David Copperfield
David Copperfield Cuando la señorita Clarissa hubo movido la cabeza, la señorita Lavinia prosiguió su alocución, echando una ojeada a mi carta a través del monóculo. Las dos ancianas, dicho sea de paso, tenían unos ojitos redondos y brillantes que se asemejaban a los de un pájaro. Y lo cierto es que tenían mucho de estos animales; la viveza y la brusquedad de sus ademanes, así como la pulcritud de sus atuendos, hacían pensar en dos canarios.
La señorita Lavinia, como acabo de señalar, prosiguió:
–Nos pide permiso a mi hermana Clarissa y a mí, señor Copperfield, para venir de visita a esta casa como novio formal de nuestra sobrina.
–Si nuestro hermano Francis –añadió la señorita Clarissa, interrumpiendo de nuevo a su hermana (si es que podía aplicarse ese verbo a una intervención tan apacible)– deseaba vivir en el ambiente de los Doctors’ Commons, y en ningún otro, ¿qué derecho o deseo teníamos nosotras de oponernos? Ninguno, estoy segura. Siempre hemos estado muy lejos de querer imponer nuestro trato a alguien. Pero ¿por qué no decirlo con toda franqueza? ¡Que nuestro hermano Francis y su mujer tengan sus amigos! ¡Y mi hermana Lavinia y yo, los nuestros! ¡No necesitamos la ayuda de nadie para encontrarlos!