David Copperfield
David Copperfield Como parecÃa dirigirse a Traddles y a mÃ, los dos nos sentimos obligados a contestar algo. La respuesta de Traddles fue inaudible. Creo que yo comenté que aquello me parecÃa encomiable. No tengo la menor idea de lo que quise decir.
–Mi querida Lavinia –dijo la señorita Clarissa, una vez que consiguió desahogarse–, puedes continuar cuando desees.
La señorita Lavinia prosiguió:
–Señor Copperfield, mi hermana Clarissa y yo hemos leÃdo su carta con el mayor detenimiento; y, después de mucho meditar, se la hemos enseñado a nuestra sobrina, con quien hemos discutido el asunto. Estamos convencidas de que usted cree quererla mucho.
–¿Que si lo creo? –exclamé con vehemencia–. ¡Oh!…
Pero la señorita Clarissa me pidió con su mirada (tan penetrante como la de un canario) que no interrumpiera al oráculo, y yo me disculpé.
–El cariño –dijo la señorita Lavinia, buscando con los ojos la aprobación de su hermana (que asentÃa con la cabeza cada vez que ella terminaba una frase)–, el verdadero cariño, el respeto, la lealtad, no se expresan fácilmente. Su voz apenas resulta audible. Son modestos y reservados; están al acecho, esperan y esperan. Asà es la fruta madura. A veces transcurre una vida, mientras continúa madurando en la sombra.