David Copperfield

David Copperfield

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Les repetí en vano que no necesitaba reflexionar nada. Ellas insistieron en retirarse durante el tiempo señalado. En consecuencia, aquellos dos pajarillos se marcharon dando saltitos, con gran dignidad; y yo me abandoné a las felicitaciones de Traddles y al sentimiento de haber sido transportado a la región de la más exquisita alegría. Al cabo de un cuarto de hora, exactamente, reaparecieron sin haber perdido un ápice de su dignidad. Habían salido haciendo frufrú, como si sus vestidos fueran de hojas secas; y regresaron acompañadas del mismo sonido.

Me comprometí una vez más a respetar las condiciones impuestas.

–Mi querida Clarissa –dijo la señorita Lavinia–, el resto es cosa tuya.

La señorita Clarissa, descruzando los brazos por primera vez, cogió las notas y les echó una ojeada.

–Estaremos encantadas de que el señor Copperfield venga a comer con nosotras todos los domingos, si le viene bien. Almorzamos a las tres.

Les hice una reverencia.

–Y en el transcurso de la semana, tendremos mucho gusto en invitar al señor Copperfield a tomar el té. Siempre lo tomamos a las seis y media.

Les hice otra reverencia.

–Dos veces por semana, como norma general –aclaró la señorita Clarissa–; no más a menudo.


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