David Copperfield

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Volví a hacerles otra reverencia.

–Tal vez la señorita Trotwood –exclamó la señorita Clarissa–, a la que el señor Copperfield menciona en su carta, desee visitarnos. Cuando las visitas contribuyen a la felicidad de todos, nosotros nos alegramos de recibirlas y de devolverlas. Cuando es mejor para la felicidad de todos que no se produzcan (como en el caso de nuestro hermano Francis y de su hogar), la cosa es diferente.

Les di a entender que mi tía estaría orgullosa y encantada de conocerlas; aunque he de reconocer que no estaba muy seguro de que fueran a llevarse bien. Como sus condiciones estaban muy claras, les di calurosamente las gracias; y, cogiendo primero la mano de la señorita Clarissa y después la de la señorita Lavinia, me las llevé a los labios.

La señorita Lavinia se puso entonces en pie y, rogando al señor Traddles que nos excusara un momento, me pidió que la siguiera. Obedecí, todo tembloroso, y ella me condujo a otra habitación. Allí encontré a mi querida Dora, tapándose los oídos detrás de la puerta, con su preciosa carita contra la pared; y a Jip encerrado en el calientaplatos con la cabeza envuelta en una toalla.


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