David Copperfield
David Copperfield ¡QuĂ© hermosa estaba con su vestido negro, y cĂłmo sollozaba y lloraba al principio, negándose a salir de detrás de la puerta! ¡Cuánto nos quisimos cuando por fin vino a mi encuentro! ¡QuĂ© felicidad la mĂa cuando sacamos a Jip del calientaplatos y lo devolvimos a la luz del dĂa, entre muchos estornudos, juntándonos los tres de nuevo!
–¡Mi querida Dora! ¡Por fin mĂa para siempre!
–¡Oh, no! –me suplicó–. ¡Te lo ruego!
–¿No quieres ser mĂa para siempre?
–¡Oh, sĂ, por supuesto que sĂ! –exclamĂł Dora–. ¡Pero estoy tan asustada!
–¿Asustada, amor mĂo?
–¡Oh, sĂ! No me gusta Ă©l –dijo–. ÂżPor quĂ© no se marcha?
–¿QuiĂ©n, vida mĂa?
–Tu amigo –respondió Dora–. Todo esto no es asunto suyo. ¡Qué estúpido debe de ser!
–¡Amor mĂo! –no habĂa nada tan seductor como sus modales infantiles–. ¡Es la mejor persona del mundo!
–¡Pero no necesitamos para nada a la mejor persona del mundo! –dijo ella haciendo un mohĂn.
–Querida –repuse–, pronto lo conocerás bien y le querrás muchĂsimo. Y no tardará en venir mi tĂa; y, cuando la trates, tambiĂ©n la querrás muchĂsimo.