David Copperfield

David Copperfield

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–¡No, no, por favor, no la traigas! –exclamó Dora, dándome un pequeño beso horrorizada y juntando las manos–. ¡No! ¡Estoy segura de que es una anciana pérfida y malvada! ¡No dejes que venga, Doady! –que era una deformación de David.

No hubiera servido de nada reprocharle su actitud, así que me reí, admiré su belleza y me sentí muy feliz y enamorado; y ella me enseñó el modo en que Jip se tenía en pie sobre las patas traseras, en un rincón de la sala, y volvía a caer en un santiamén. No sé el tiempo que habría pasado allí, sin acordarme de Traddles, si la señorita Lavinia no hubiera venido a buscarme. La señorita Lavinia quería mucho a Dora (me dijo que Dora era exactamente igual que ella a su edad, ¡cuánto debía de haber cambiado!) y la trataba como si fuese un juguete. Intenté convencer a Dora para que me acompañara a saludar a Traddles, pero, al proponérselo, echó a correr y se encerró con llave en su dormitorio; de modo que volví a reunirme con Traddles sin ella, y me marché de allí convencido de que iba andando por las nubes.

–Las cosas no han podido salir mejor –dijo mi amigo–, y estoy convencido de que son dos ancianas muy agradables. No me extrañaría que te casaras muchos años antes que yo, Copperfield.

–¿Tu Sophy toca algún instrumento, Traddles? –le pregunté, todo orgulloso.


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