David Copperfield
David Copperfield –¡Está bien, Clarissa! –asintió la señorita Lavinia, con aire de resignación–. Sin comentarlo antes conmigo y recibir nuestra aprobación. Tenemos que insistir expresamente en este punto, que deberá ser siempre respetado. Hemos querido que el señor Copperfield viniera hoy acompañado de un amigo de su confianza –añadió, saludando a Traddles con una ligera inclinación de cabeza, que éste imitó–, con el fin de que no hubiera dudas ni malentendidos. Si el señor Copperfield o usted, señor Traddles, tienen el menor escrúpulo para hacer esa promesa, les ruego que se tomen algún tiempo para reflexionar.
Me apresuré a exclamar, llevado por el entusiasmo, que no necesitábamos ni un minuto para reflexionar. Me comprometà a respetar sus condiciones con la mayor vehemencia; pedà a Traddles que fuera mi testigo; y declaré que serÃa el peor de los hombres si alguna vez faltaba, aunque sólo fuera un poco, a mi promesa.
–¡Esperen! –dijo la señorita Lavinia, levantando una mano–. Antes de tener el placer de recibirlos, caballeros, ya habÃamos decidido dejarles a solas un cuarto de hora para que reflexionaran sobre el asunto. PermÃtannos que nos retiremos.