David Copperfield
David Copperfield Sentà un alivio enorme al ver que mi tÃa y las tÃas de Dora se llevaban mucho mejor de lo que habÃa imaginado. Mi tÃa hizo la visita prometida a los pocos dÃas de nuestro encuentro; y la señorita Lavinia y la señorita Clarissa no tardaron en presentarse en Buckingham Street, con gran ceremonia. A partir de entonces, se produjo un intercambio de visitas mucho más amistoso, normalmente cada tres o cuatro semanas. Sé que mi tÃa incomodaba a las tÃas de Dora, haciendo caso omiso de la dignidad de viajar en carruaje, y llegando a pie hasta Putney a las horas más intempestivas, justo después del desayuno o antes de tomar el té. Tampoco les agradaba su costumbre de llevar el sombrero del modo que le resultara más cómodo, sin respetar en absoluto las exigencias de la civilización. Pero las tÃas de Dora no tardaron en considerar a mi tÃa como una dama excéntrica y algo masculina, dotada de una gran inteligencia; y, aunque mi tÃa erizaba a veces las plumas de las tÃas de Dora con sus opiniones heréticas sobre ciertos convencionalismos, me querÃa demasiado para no sacrificar algunas de sus pequeñas singularidades en aras de la armonÃa general.