David Copperfield
David Copperfield El único miembro de nuestra pequeña sociedad que se negó tajantemente a adaptarse a las circunstancias fue Jip. Era incapaz de ver a mi tía sin enseñarle todos los dientes, esconderse bajo una silla y gruñir sin cesar; y, de vez en cuando, dejaba escapar un lúgubre aullido como si su presencia le alterara los nervios. Intentamos de todo con él: mimos, reprimendas, cachetes, visitas a Buckingham Street (donde se lanzó en persecución de los dos gatos, ante el horror de los presentes); pero nada pudo inducirle a soportar la compañía de mi tía. A veces parecía superar su antipatía y se mostraba afable durante unos minutos; pero luego levantaba su chato hocico y aullaba tan fuerte que no había más remedio que vendarle los ojos y meterlo en el calientaplatos. Dora acabó por envolverlo en una toalla y encerrarlo allí, siempre que se anunciaba la llegada de mi tía.
Había algo que me inquietaba mucho mientras nuestra vida discurría por cauces tan apacibles. Era que todos parecían considerar a Dora como una muñeca o un bonito juguete. Mi tía, con la que se familiarizó poco a poco, la llamaba siempre su «Pequeña Flor»; y el mayor placer de la señorita Lavinia era ocuparse de ella, rizarle el pelo, llenarla de perifollos y tratarla como a una niña mimada. Y todo lo que hacía la señorita Lavinia era imitado por su hermana. Resultaba muy extraño, pero, salvando las distancias, todo el mundo parecía tratar a Dora como ésta trataba a Jip.