David Copperfield
David Copperfield El rostro de mi pequeña y hermosa Dora se ensombrecÃa y volvÃa a hacer de sus labios un capullo, como si prefiriera sellar los mÃos con un beso.
–¿SabrÃas comprarla, querida? –repetÃa yo, si me sentÃa implacable.
Dora reflexionaba un poco y respondÃa con aire triunfal:
–Seguro que el carnicero sabrÃa cómo venderla, ¿qué necesidad tengo de saberlo yo? ¡Qué tonto eres, Doady!
En una ocasión en que pregunté a Dora, recordando el manual de cocina, qué harÃa si estuviéramos casados y yo le pidiera para comer un delicioso guiso irlandés, ella me contestó que le dirÃa a la criada que lo preparase; después batió palmas sin soltar mi brazo, y su risa era tan adorable que me pareció más encantadora que nunca.
En consecuencia, el manual de cocina fue abandonado en un rincón y sirvió principalmente para que Jip hiciera monerÃas sobre él. Pero Dora mostró tanto entusiasmo el dÃa que consiguió que se quedara erguido sobre las patas traseras, sujetando el lápiz entre los dientes y sin cambiar de posición, que me alegré mucho de haberlo comprado.