David Copperfield

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–Entonces no me critiques –exclamó Dora, haciendo de sus labios un capullo de rosa–; y yo me portaré bien.

Me sentí encantado cuando me pidió, motu proprio, que le regalara el manual de cocina del que le había hablado en una ocasión y que le enseñara a llevar las cuentas, tal como le había prometido. En mi siguiente visita, le entregué el libro (que había hecho envolver en un bonito papel para que tuviera un aspecto menos árido y más atractivo); y, mientras paseábamos por el parque, le mostré un viejo libro de cuentas de mi tía y le di un cuaderno, un pequeño lápiz y una cajita de minas para que pudiera practicar.

Pero el manual de cocina le dio dolor de cabeza, y los números la hicieron llorar. Se negaban a que los sumara, decía. Así que los borraba y llenaba las páginas de su cuaderno de pequeños ramilletes de flores y de retratos de Jip y míos.

Entonces traté de enseñarle de un modo entretenido algunas cuestiones domésticas durante nuestros paseos del sábado por la tarde. Cuando pasábamos por delante de una carnicería, por ejemplo, yo le decía:

–Si estuviéramos casados, amor mío, y tuvieras que comprar una paletilla de cordero para el almuerzo, ¿sabrías elegirla?


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