David Copperfield
David Copperfield La habÃan persuadido de que yo no era un buen muchacho, lo que la afligÃa mucho más que mi partida. Aquello me partió el alma. Intenté tomar mi desayuno de despedida, pero mis lágrimas caÃan sobre el pan con manteca y salpicaban la taza de té. Advertà que mi madre me miraba algunas veces, y después volvÃa los ojos hacia la vigilante señorita Murdstone, bajaba la cabeza o desviaba la vista.
–¡Ahà está el equipaje del señor Copperfield! –gritó la señorita Murdstone, al oÃr el estrépito de unas ruedas junto a la entrada.
Busqué con la vista a Peggotty, pero ni ella ni el señor Murdstone aparecieron. Mi viejo conocido, el cochero, estaba en la puerta; sacaron mi baúl y lo subieron al carro.
–¡Clara! –dijo la señorita Murdstone en tono amonestador.
–Tienes razón, mi querida Jane –repuso mi madre, que habÃa rodeado mi cuello con sus brazos–. Te perdono, hijo mÃo. ¡Y que Dios te bendiga!
–¡Clara! –repitió su cuñada.
La señorita Murdstone tuvo la amabilidad de acompañarme al carro, diciéndome por el camino que esperaba que me arrepintiera antes de que fuera demasiado tarde. Entonces me senté junto al cochero y el caballo empezó a alejarse con paso cansino.