David Copperfield
David Copperfield –Mi querido Strong –repuso el señor Wickfield, con voz temblorosa–, amigo mÃo, no necesito explicarle que siempre he tenido el defecto de buscar un motivo dominante en las acciones humanas, que sólo he juzgado con un criterio muy estrecho. Es posible que este error haya sido la causa de mis dudas.
–Asà que ha tenido dudas, Wickfield –dijo el doctor, sin levantar la cabeza–. Ha tenido dudas.
–Responda de una vez, mi querido socio – insistió Uriah.
–Es cierto que las tuve en un momento dado –afirmó el señor Wickfield–. Pero ¡que Dios me perdone!, creà que usted también las tenÃa.
–¡No, no, no! –contestó el doctor, y su voz reflejaba el más profundo dolor.
–Hubo un tiempo en que pensé –aseguró el señor Wickfield– que usted querÃa enviar a Maldon al extranjero con miras a una deseable separación.
–¡No, no, no! –replicó el doctor–. Sólo lo hice para darle a Annie la alegrÃa de ver bien colocado a su viejo compañero de juegos. No por otra causa.
–Eso descubrà después –exclamó el señor Wickfield–. Y no se me ocurrió dudar de sus palabras cuando usted lo dijo. Pero imaginaba… le ruego que no olvide mi estrechez de miras, mi peor defecto… que en un caso en el que habÃa una diferencia tan grande de edad…