David Copperfield
David Copperfield –… que dudé de ella –continuó el señor Wickfield, mirando con expresión desvalida y confusa a su socio–, sÃ, dudé de ella y pensé que faltaba a sus deberes de esposa; y, puesto que he de contarlo todo, añadiré que algunas veces, viendo lo que yo veÃa, o lo que en mi enfermiza imaginación creÃa ver, me repugnaba la idea de que Agnes fuera su amiga. Nunca se lo confié a nadie. Nunca tuve el propósito de hacerlo. Y aunque le resulte terrible oÃr esto, doctor Strong –murmuró el señor Wickfield–, sentirÃa compasión de mà si supiera cuán terrible es para mà decirlo.
El doctor, con su bondad natural, le tendió la mano. El señor Wickfield la retuvo un momento entre las suyas, sin levantar la cabeza.
–Estoy seguro –exclamó Uriah, contorsionándose en medio del silencio como un congrio– de que es un asunto muy desagradable para todos. Pero ya que hemos llegado tan lejos, me tomaré la libertad de añadir que también Copperfield se habÃa percatado.
Me volvà hacia él y le pregunté cómo se atrevÃa a hablar por mÃ.