David Copperfield

David Copperfield

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–¡Oh! Es muy amable por su parte, Copperfield –respondió Uriah, retorciéndose de la cabeza a los pies–, y todos conocemos la cordialidad de su carácter; pero sabe bien que, en cuanto empecé a hablar la otra noche, usted comprendió lo que yo quería decir. Sabe bien que comprendió lo que yo quería decir, Copperfield. ¡No lo niegue! Lo niega con las mejores intenciones; pero no tiene sentido, Copperfield.

Me di cuenta de que la dulce mirada del viejo y bondadoso doctor se posaba en mí durante unos instantes, y tuve la sensación de que mis temores y recuerdos de otros tiempos se leían con demasiada claridad en mis ojos. No servía de nada enfurecerse. El daño ya estaba hecho. Dijese lo que dijese, era imposible borrar aquellas palabras.

Volvimos a guardar silencio, hasta que el doctor se puso en pie y anduvo dos o tres veces de un lado a otro del despacho. No tardó en regresar junto a su sillón y, apoyándose en el respaldo y llevándose de vez en cuando el pañuelo a los ojos, con una sinceridad y una sencillez que, en mi opinión, le honraban más que cualquier afectación de indiferencia, nos dijo:



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