David Copperfield
David Copperfield –Tengo mucho que reprocharme. Estoy convencido de que tengo mucho que reprocharme. He expuesto a la mujer que llevo en mi corazón a juicios y calumnias (y les doy ese nombre, aunque estuvieran escondidas en lo más profundo de algunos pensamientos), de los que jamás habrÃa sido objeto, de no haber sido por mi culpa.
Uriah soltó una especie de resoplido. Supongo que para expresar su simpatÃa.
–De los que mi Annie jamás habrÃa sido objeto, de no haber sido por mi culpa. Soy viejo, caballeros, como bien saben; esta noche tengo la sensación de que no me queda mucho por vivir. ¡Pero respondo con mi vida… sÃ, con mi vida… de la lealtad y del honor de la dama de la que estamos hablando!
No creo que el más noble de los caballeros, ni la encarnación del héroe más apuesto y romántico jamás imaginado por un pintor, hubiera podido pronunciar estas palabras con una dignidad más impresionante y conmovedora que el buen doctor.
–Pero no estoy dispuesto a negar –prosiguió–, y tal vez, sin saberlo, estaba ya en cierta medida dispuesto a admitirlo, que es muy posible que haya inducido a esa dama, de manera inconsciente, a contraer un matrimonio desgraciado. Soy un hombre muy poco acostumbrado a observar, por lo que debo inclinarme ante las observaciones de varias personas, de edades y posiciones muy diferentes, que apuntan en una misma y natural dirección.