David Copperfield

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A menudo había admirado, como he dicho en otra ocasión, la bondad y el cariño con que trataba a su joven esposa; pero la respetuosa ternura con que se refirió a la señora Strong aquella noche, la especie de veneración con que alejó de él la más ligera duda de su integridad, lo elevaron a mis ojos más allá de cualquier descripción.

–Me casé con ella –explicó el doctor– cuando era sumamente joven y su carácter no estaba aún formado. Yo había contribuido a su educación. Conocía muy bien a su padre. Y también a ella. Le había enseñado lo que había podido, empujado por el amor a su belleza y a sus nobles cualidades. Si le he causado algún mal, tal como creo, abusando sin darme cuenta de su agradecimiento y de su afecto, le pido que me perdone desde el fondo de mi corazón.

Cruzó la habitación y regresó al mismo sitio; y se aferró al sillón con una mano que temblaba tanto como su voz, ahogada pero sincera.

–Yo me consideraba un refugio para ella en los peligros y vicisitudes de la vida. Llegué a convencerme de que, a pesar de nuestra diferencia de edad, ella viviría feliz y tranquila conmigo. Y no crean que no se me ocurrió pensar en el momento en que yo la dejaría libre, todavía joven y hermosa, pero con un juicio más maduro… ¡Les doy mi palabra, caballeros!


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