David Copperfield
David Copperfield Como para entonces no me quedaban más lágrimas que derramar, empecé a pensar que era inútil seguir llorando, especialmente si tenía en cuenta que Roderick Random y el capitán de la Armada Real Británica jamás lo habían hecho, ni siquiera en las circunstancias más difíciles. El cochero adivinó mis propósitos y me sugirió que colocase el pañuelo sobre el lomo del caballo, con el fin de que se secara. Le di las gracias y accedí; ¡parecía tan pequeño allí extendido!
Tuve ocasión entonces de inspeccionar el monedero. Era una bolsa de cuero, bastante rígida y cerrada con una presilla, y tenía en su interior tres chelines relucientes, que sin duda Peggotty se había esmerado en bruñir con blanco de España para que mi alegría fuera aún mayor. Pero lo más valioso de su contenido eran dos monedas de media corona envueltas en un pedazo de papel, sobre el que mi madre había escrito de su puño y letra: «Para Davy, con todo mi amor». Me sentí tan emocionado al leerlo que le pedí al cochero que tuviera la amabilidad de alcanzarme de nuevo el pañuelo. Pero él me respondió que, en su opinión, estaría mejor sin él; y yo pensé que tenía razón, así que me sequé los ojos con la manga y dejé de llorar.