David Copperfield
David Copperfield Y lo conseguà de veras; aunque, por culpa de mi anterior congoja, de vez en cuando se me escapaba un violento sollozo. Cuando ya llevábamos un rato avanzando lentamente, le pregunté al cochero si irÃa todo el camino con él.
–¿Todo el camino hasta dónde? –quiso saber.
–Hasta allà –le contesté.
–¿Y dónde es all� –inquirió.
–Cerca de Londres –dije.
–¡Pero si este caballo estarÃa más muerto que un trozo de cerdo asado antes de recorrer la mitad del trayecto! –exclamó, sacudiendo las riendas para señalar al cuadrúpedo.
–¿Entonces sólo llega usted hasta Yarmouth? –pregunté.
–Más o menos –replicó el cochero–. Y una vez allÃ, le dejaré en la diligencia; y ésta le conducirá a… cualquiera que sea su destino.
Pero eso era hablar demasiado para el señor Barkis (se llamaba asÃ), quien, como he señalado en un capÃtulo anterior, era un hombre poco conversador y de temperamento flemático, asà que le ofrecà un pastel para mostrarle mi agradecimiento; lo engulló de un bocado, exactamente igual que un elefante, y su voluminoso rostro siguió tan impasible como el de un paquidermo.