David Copperfield
David Copperfield –¿Los ha hecho ella? –preguntó el señor Barkis, inclinado como siempre hacia delante, con aire cansino y un brazo en cada rodilla.
–¿Se refiere a Peggotty, señor?
–¡Ah! –exclamó el cochero–. SÃ, a ella.
–En efecto; hace toda la reposterÃa en casa, y prepara nuestras comidas.
–¿De veras? –dijo el señor Barkis.
Y colocó los labios como si fuera a silbar, pero no emitió el menor sonido. Continuó sentado, mirando fijamente las orejas del caballo, como si viera en ellas algo nuevo; y se quedó en esa postura durante un buen rato.
–Nada de novios, supongo…
–¿Se refiere a algún dulce, señor Barkis? –inquirÃ, convencido de que querÃa otra clase de pastelillo.
–No, no. A enamorados –aclaró el cochero–. ¿Nadie pasea con ella?
–¿Con Peggotty?
–¡Ah! –dijo–. SÃ, con ella.
–¡Oh, no! Nunca ha tenido novio.
–¿De veras? –exclamó el señor Barkis.
Colocó nuevamente los labios como si fuera a silbar, pero tampoco emitió el menor sonido; se limitó a contemplar las orejas del caballo.