David Copperfield

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Nos hemos trasladado de Buckingham Street a una encantadora casita de campo, muy cerca de la que yo había inspeccionado a fondo cuando mi entusiasmo empezó a aflorar. Sin embargo, mi tía (que ha vendido muy bien su propiedad de Dover), no se quedará a vivir en ella, pues tiene intención de mudarse a otra casita de campo, todavía más pequeña, situada a escasa distancia. ¿Qué quiere decir eso? ¡Mi matrimonio! ¡Sí!

¡Sí! ¡Voy a casarme con Dora! La señorita Lavinia y la señorita Clarissa han dado su consentimiento; y, si alguna vez hubo dos canarios revoloteando, son ellas. La señorita Lavinia, encargada de supervisar el ajuar de mi amada, se pasa el día cortando patrones de papel marrón y discutiendo con un joven muy respetable, que lleva un largo envoltorio y una vara de medir bajo el brazo. Una costurera, con una aguja enhebrada siempre clavada en el pecho, come y duerme en la casa; y tengo la impresión de que no se quita el dedal ni para comer, ni para beber, ni para dormir. Han convertido a mi adorada en un maniquí. Requieren continuamente su presencia para que se pruebe algo. Por las tardes, no podemos disfrutar de cinco minutos juntos sin que alguna intrusa llame a la puerta y diga:

–Por favor, señorita Dora, ¿podría subir un momento?


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