David Copperfield
David Copperfield Es un documento muy pequeño para tener tanto poder; y Traddles lo contempla encima de mi mesa, entre admirado y temeroso. Nuestros nombres aparecen unidos como en mis dulces sueños de antaño: David Copperfield y Dora Spenlow. Y allí, en una esquina, se ve la oficina de Registros (esa institución paternal que de un modo tan benevolente se interesa por las distintas transacciones de la vida humana), contemplando nuestra Unión; y el arzobispo de Canterbury imparte su bendición sobre nosotros en letra impresa, ¡de la forma más barata que cabría esperar!
Con todo, vivo en un sueño, un sueño confuso, feliz, vertiginoso. No puedo creer que sea verdad; y, sin embargo, tengo la sensación de que cuantos se cruzan conmigo en la calle perciben de un modo más o menos vago que voy a casarme pasado mañana. El delegado me reconoce cuando voy a prestar juramento; y me despacha en seguida, al igual que si existiera un acuerdo masónico entre nosotros. Traddles no es necesario, pero me acompaña como si fuera mi lugarteniente.
–Espero, mi querido amigo –le digo–, que la próxima vez que vengas aquí sea para buscar tu licencia. Y confío en que no tardes mucho.