David Copperfield
David Copperfield –Gracias por tus buenos deseos, mi querido Copperfield –responde–. Yo también confÃo en eso. Es una satisfacción saber que ella me esperará todo el tiempo que sea preciso, y que es la más adorable de las muchachas…
–¿A qué hora llega su diligencia? –pregunto.
–A las siete –contesta Traddles, mirando su viejo y sencillo reloj de plata (el mismo al que, en el internado, habÃa quitado una de sus ruedas para fabricar un molino de agua)–. Casi a la misma hora que la de la señorita Wickfield, ¿no es asÃ?
–Un poco antes. La de ella llega a las ocho y media.
–Te aseguro, querido amigo –afirma Traddles–, que estoy casi tan contento como si fuera a casarme yo, pensando en el feliz desenlace de vuestra historia. Y quiero darte las más calurosas gracias por la amistad y simpatÃa que me demuestras al asociar personalmente a Sophy con este feliz acontecimiento, invitándola a ser una de las damas de honor, junto con la señorita Wickfield. Estoy profundamente conmovido.
Yo escucho sus palabras y nos estrechamos la mano; y hablamos, nos paseamos, comemos, etc.; pero no me lo creo. Nada es real.