David Copperfield

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Mi querida Peggotty:

He llegado aquí sano y salvo. Barkis está disponible. Todo mi cariño a mamá. Afectuosamente tuyo.

P.S. Dice que sobre todo quiere que sepas que Barkis está disponible.

El camarero amigable y yo

Una vez que hube aceptado su petición, el cochero volvió a sumirse en el silencio; y yo, extenuado por cuanto había sucedido en los últimos días, me eché sobre un saco en el fondo del carro y me quedé profundamente dormido. Me desperté al llegar a Yarmouth; y, cuando entramos en el patio de la posada, me pareció un lugar tan extraño y diferente del que yo recordaba que perdí la secreta esperanza de encontrar a algún miembro de la familia del señor Peggotty, tal vez incluso a la pequeña Emily.

La diligencia estaba en el patio, limpia y reluciente, pero sin que nadie hubiera enganchado a ella los caballos; y, en aquel estado, parecía de lo más improbable que pudiese llegar a Londres. Empecé a reflexionar, preocupado por la suerte que correría mi baúl, que el señor Barkis había dejado en el suelo del patio junto a un poste (antes de seguir hasta el fondo para dar la vuelta con su carro), y por la suerte que correría yo, cuando una mujer se asomó a un mirador del que colgaban varias aves y unos trozos de carne y me gritó:


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