David Copperfield

David Copperfield

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–¿Es usted el pequeño caballero de Blunderstone?

–Sí, señora.

–¿Cómo se llama? –inquirió ella.

–Copperfield, señora.

–No puede ser –afirmó la mujer–. Nadie ha encargado una comida a ese nombre.

–¿Y al de Murdstone? –pregunté.

–Si es usted el señor Murdstone –dijo ella–, ¿por qué me ha dado otro apellido?

Le expliqué el motivo, y entonces ella tocó una campanilla.

–¡William! –ordenó–. Lleva a este caballero al comedor.

Un camarero salió corriendo de la cocina, en el otro extremo del patio; pareció sorprenderse mucho cuando vio que sólo se trataba de mí.

El comedor era una estancia muy espaciosa, con grandes mapas en las paredes. No creo que me hubiera sentido más desorientado si esos mapas hubieran sido países extranjeros, a los que yo hubiese llegado después de un naufragio. Me pareció un atrevimiento por mi parte sentarme allí, con la gorra en la mano, en una esquina de la silla más cercana a la puerta; y, cuando el camarero cubrió la mesa con un mantel, sólo para mí, y colocó el salero y las vinagreras encima, sentí cómo me sonrojaba de vergüenza.


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