David Copperfield

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Me trajo unas chuletas y algunas verduras, y destapó las fuentes de un modo tan repentino que temí haberle ofendido de algún modo. Pero me sentí muy aliviado cuando, acercando una silla a la mesa, me dijo afablemente:

–¡Vamos, gran hombre! ¡Siéntese aquí!

Le di las gracias y ocupé mi sitio; pero me resultó extremadamente difícil manejar el cuchillo y el tenedor con cierta destreza o no salpicarme de salsa, mientras él estaba frente a mí, mirándome fijamente y haciéndome enrojecer cada vez que nuestros ojos se encontraban.

–Hay media pinta de cerveza para usted. ¿La quiere ahora? –preguntó, cuando vio que me disponía a empezar la segunda chuleta.

Le di las gracias y contesté que sí. Entonces llenó un vaso muy grande y lo acercó a la luz para que admirara su hermoso color.

–¡Caramba! –exclamó–. Parece mucha cantidad, ¿no?

–Así es –contesté sonriendo, pues me agradaba que fuese tan amable conmigo.

Era un hombre de ojos risueños, rostro granujiento y cabellos en punta. Mientras sujetaba la cerveza cerca de la luz, con el otro brazo en jarras, ofrecía un aspecto de lo más amigable.


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